Lejos de ser un simple pasatiempo, el chisme es una conducta profundamente arraigada en nuestra historia como especie, con implicaciones tanto evolutivas como sociales. Herminia Pasantes, investigadora emérita de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), explica que el interés por hablar y escuchar acerca de otros responde a mecanismos del cerebro que han sido clave en la formación de sociedades humanas.
Según la experta, el chisme, considerado muchas veces como negativo, fue en realidad una herramienta fundamental para la cohesión social de los primeros grupos humanos. Yuval Noah Harari, autor del libro Sapiens: de animales a dioses , señala que compartir información sobre otros permitió a las comunidades identificar aliados, evitar conflictos y reforzar normas sociales, esencial para organizarse en sociedades más grandes y complejas.
En términos neurológicos, el cerebro responde al chisme activando varias zonas relacionadas con el lenguaje y las emociones. Lo más destacado es la participación del circuito de recompensa, que incluye el núcleo accumbens y el área tegmental ventral, liberando dopamina cuando la información resulta entretenida o interesante. Esto explica por qué escuchar o compartir un chisme puede generar sensaciones placenteras. Por otro lado, si el contenido provoca miedo, enojo o ansiedad, entra en acción la amígdala cerebral, encargada de procesar emociones negativas.
Sin embargo, Herminia Pasantes advierte que el chisme también tiene un lado oscuro. Si se utiliza de manera irresponsable, puede dañar relaciones, afectar reputaciones e incluso desencadenar problemas legales. La clave está en reflexionar sobre el contenido antes de compartirlo y considerar sus posibles consecuencias.
Aunque el chisme tiene bases evolutivas y cumple una función social importante, también es un acto que conlleva responsabilidad personal y ética. Su impacto en la vida cotidiana sigue siendo un fascinante objeto de estudio, reflejando la compleja naturaleza humana.

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