En tiempos donde la divulgación médica se ha trasladado a plataformas como TikTok, el caso del llamado “Dr. Polo” se convierte en un espejo incómodo de lo que ocurre cuando la confianza se convierte en moneda de cambio. Y no, esto no fue un “ups” ni un “perdoncito”. Fue un acto premeditado, sostenido en el tiempo, y ejecutado con plena conciencia de lo que hacía. Lo que más indigna no es solo el hecho en sí, sino la reacción de muchos que, en lugar de señalar al responsable, voltean la mirada hacia la audiencia. “Es culpa de ustedes por creerle”, dicen. ¿En serio?
🎭 El disfraz del error
Llamar “error” a lo que hizo el Dr. Polo es una forma de encubrir la gravedad del asunto. Un error es olvidar una cita, confundir un término, equivocarse en una fórmula. Pero cuando alguien construye su imagen pública, se posiciona como experto sin experiencia real, y utiliza esa fachada para manipular emocionalmente a su audiencia, eso no es un error. Es una estrategia. Es grooming digital. Es aprovecharse del vínculo de confianza que él mismo cultivó con cuidado y descaro.
🧩 La narrativa del “también tú”
Este tipo de discurso —“pues también tú por creerle”— es el mismo que usan figuras corruptas para diluir su responsabilidad. Es el equivalente a que un policía corrupto te diga “no te hubieras metido en problemas”. Es una forma de desviar la atención del acto central: el abuso de poder, de confianza, y de credibilidad. Y lo más preocupante es que esta narrativa se repite cada vez que alguien con influencia comete una falta grave. Se le da una palmada, se le dice que fue un “desliz”, y se espera que el público aprenda la lección. ¿Pero quién le exige cuentas al que causó el daño?
📉 El ego como combustible
El Dr. Polo no tenía experiencia laboral. Salió de la clase al TikTok, repitiendo apuntes como si fueran dogmas. Y funcionó. Su ego creció al ritmo de sus seguidores, hasta que creyó que ya se las sabía todas. Bastó una pequeña cantidad —insignificante en comparación con lo que había construido— para echar a perder su canal de “divulgación”. Pero lo más triste es que, incluso ahora, hay quienes lo defienden como si fuera una víctima del sistema, cuando en realidad fue él quien lo manipuló.
🧼 Reflexión final: no laven pollos
La frase puede sonar absurda, pero encierra una verdad: no limpien la imagen de quien ensució la confianza. No maquillen el daño con excusas. No responsabilicen al espectador por haber creído en alguien que se presentó como experto. La culpa no es solo compartida. En este caso, la mayor carga recae en quien, con conocimiento y premeditación, decidió traicionar esa confianza.
Porque ya estamos cansados de que al principal responsable se le sancione con una manazo suavecito. Y de que el discurso siempre termine en “pues también tú”.
Saludos. Y no, no laven pollos.

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