Hay algo que no se dice en voz alta, pero que muchos fans latinoamericanos han notado desde hace años: cuando los grandes artistas pop de Estados Unidos cruzan el hemisferio, muchas veces lo hacen con las maletas medio vacías. No es que falten talento ni pasión en sus presentaciones, pero sí suele faltar la escenografía deslumbrante que caracteriza sus shows en Nueva York, Londres o París.
Mientras en Europa y EE.UU. los conciertos se convierten en espectáculos multisensoriales con estructuras robóticas, pantallas 360°, plataformas móviles y efectos especiales que rozan lo cinematográfico, en Latinoamérica a menudo se recibe una versión reducida del mismo tour. ¿La razón oficial? “Logística”. ¿La sensación que queda? Que el sur es un escenario de segunda.

Esto no es solo una cuestión técnica, sino simbólica. Porque cuando un artista decide qué llevar y qué dejar, también está decidiendo qué público merece la experiencia completa. Y aunque los fans latinos suelen ser los más apasionados —llenando estadios, cantando cada palabra, esperando horas bajo el sol—, no siempre reciben el mismo respeto escénico.
La paradoja es que, en muchos casos, los conciertos en Latinoamérica son los más vibrantes, los que generan los clips virales, los que los artistas recuerdan con cariño. Pero esa energía no siempre se ve correspondida con la misma inversión visual.
Tal vez sea hora de que el pop norteamericano deje de ver a Latinoamérica como una parada exótica en su gira y la reconozca como lo que es: un epicentro emocional que merece todo el espectáculo, no solo el setlist. Porque aquí, cuando se apagan las luces, el corazón sigue encendido.

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